Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón »Dile que muchas veces he sentido como si en mi pecho anidara un pajarillo, que algún dÃa, tendiendo las alas volarÃa de él, para entonar sus gorjeos; aún ahora, ahora que no puedo levantar mi mano… y mi cabeza se enfrÃa, no me parece que mi corazón va a morir; hay tanto amor en él que vivirÃa mil años sin jamás envejecer. Dile que en la nueva existencia que me aguarda, quizá le encontraré en las estrellas, que… en todas le buscaré, aunque todavÃa, allá sea yo negra… y él sea blanco. Dile… no, Macumazahn, no le digas nada más sino que le amo… ¡Oh! Bougwan apriétame contra ti, no siento tus brazos… ¡ah! ¡ah!
—¡Muerta! ¡muerta! —exclamó Good sollozando, mientras las lágrimas corrÃan por su honrada cara.
—No sé por qué se toma la pena de entristecerse tanto, mi buen amigo —dijo sir Enrique.
—¡Eh! ¿qué quiere usted decir?
—Quiero decir que pronto estará usted en posición de reunirse con ella. ¿Hombre, no ve que estamos enterrados vivos?
Hasta que sir Enrique pronunció estas palabras, no me di cuenta, preocupado con la agonÃa de la pobre Foulata, de los horrores de nuestra situación. Ahora los veÃa en su espantosa realidad. La pesada roca habÃa caÃdo, y a no dudar, para siempre; porque la única persona que conocÃa su secreto yacÃa aplastada bajo su enorme masa.