Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Por algunos minutos, permanecimos inmóviles y aterrorizados, junto al cadáver de Foulata. Nuestra energía parecía habernos abandonado. En el primer momento, la idea del lento y miserable fin que nos aguardaba, materialmente nos anonadó. Ahora lo comprendíamos todo, la malvada Gagaula, desde un principio, nos había preparado este lazo. Su espíritu infernal se gozaba con la asechanza que llevaba a perecer de hambre y de sed a los tres hombres blancos, a quienes odiaba mortalmente, en presencia del tesoro que ambicionaban poseer. Ahora también comprendíamos el inhumano sentido de sus escarnios al decirnos que comiéramos y bebiéramos diamantes. Quizás alguien trató de hacer la misma jugada al antiguo fidalgo, cuando abandonó en su huída el saco de pedrería.
—El abatimiento no nos sacará del paso —dijo broncamente sir Enrique, la lámpara pronto se extinguirá y, mientras dure, veamos, si podemos dar con el resorte de la puerta.
De un brinco nos encontrábamos junto a ella y, pasando de extrema inercia a arrebatada actividad, comenzamos a tentar, chapoteando en un charco de sangre medio coagulada, arriba, abajo, a diestro y siniestro, la inmensa piedra que nos interceptaba el paso, y los muros del pasillo, sin que descubriéramos un solo punto que cediera a la presión o resalto que alentara la pesquisa.