Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón —Es inútil —dije desanimado— no se puede abrir desde el interior, a ser asÃ, Gagaula no se hubiera arriesgado a intentar su escape por debajo de la piedra. ¡Maldita sea!
—En todo caso —dijo sir Enrique, soltando una carcajada— su castigo no se hizo esperar; su agonÃa ha sido tan espantosa como la que aquà nos preparó. Nada podemos hacer en este sitio, volvámonos a la recámara del tesoro.
Nos dirigimos hacia ella, y a nuestro paso, distinguà la cesta con provisiones que la pobre Foulata habÃa traÃdo. La recogà y llevé al mil veces maldito camarÃn, que iba a ser nuestro patÃbulo y sepulcro. Después volvimos al pasillo, silenciosamente alzamos el cadáver de Foulata y lo condujimos al citado lugar, tendiéndolo en el suelo cerca de las arcas de monedas. Enseguida nos sentamos, apoyando las espaldas en las tres cajas de piedra, depósitos de incalculables tesoros.
—Dividamos las provisiones —dijo sir Enrique— de modo que nos dure el mayor tiempo posible.
Hecho esto, resultaron cuatro raciones homeopáticas por boca, apenas lo suficiente para sostenernos un par de dÃas. Además de la carne seca, tenÃamos dos calabazas con agua, cada una de un cuartillo.
—Y ahora —continuó nuestro compañero— comamos y bebamos.