Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Tomamos un pequeño pedazo de carne y un trago de agua. Escaso o ninguno, como fácilmente se comprende, era nuestro apetito; pero estábamos muy débiles y aquellos bocados nos hicieron mucho bien. Reanimados por esta parca comida, nos levantamos, examinamos minuciosamente nuestro calabozo, con la vaga esperanza de hallar una salida, y golpeamos sus paredes y piso. Nada, nada que menoscabara su macicez. Asà era de esperarse en un sitio donde se amontonaban tantas riquezas.
La lámpara comenzó a vacilar. La grasa que la alimentaba casi se habÃa consumido.
—¿Quatermain —preguntome sir Enrique—, qué hora es? ¿va bien su reloj?
Lo saqué del bolsillo y lo miré. Eran las seis de la tarde.
—Infadús no nos abandonará, observé. Al ver que no regresamos esta noche vendrá a buscarnos mañana.
—Y nos buscará en vano. No conoce el secreto de la entrada, ni siquiera dónde ésta se encuentra. Ayer todo viviente lo ignoraba, excepto Gagaula. Hoy nadie lo sabe. El ejército entero de Kukuana serÃa impotente para romper esos cinco pies de granito. Amigos mÃos, no veo otro recurso que el de resignarnos con la voluntad del Todopoderoso que asà lo dispuso. El correr ansiosos en pos de tesoros ha sido la perdición de muchos, nosotros aumentaremos su número.