Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Encontrábame bien perplejo con este hombre por su manera de expresarse. Era evidente que en el fondo decÃa la verdad; pero se apartaba del modo de ser de los zulúes y desconfié de su oferta de servirnos sin paga. No sabiendo qué decidir, traduje sus palabras a sir Enrique y Good, pidiéndoles su parecer. Sir Enrique me dijo que le invitara a ponerse de pie. HÃzolo Umbopa, dejando al mismo tiempo deslizar el largo capote militar que vestÃa, exhibiendo desnudo todo su cuerpo, apenas cubierto por la estrecha tela que rodeaba su cintura, y un collar hecho de garras de león que llevaba en el cuello. Indudablemente era una arrogante figura, nunca vi un nativo más hermoso. MedÃa unos seis pies tres pulgadas de estatura, siendo ancho en proporción y perfectamente formado. Su piel casi no pasaba de un trigueño pronunciado, exceptuando varias cicatrices profundas y negras, producida por viejas heridas de azagaya. Sir Enrique se dirigió hacia él y fijó la vista en su cara inteligente y altiva.
—¡Qué buen par hacen los dos! ¿no es as� —observó Good— tan alto y robusto es el uno como el otro.
—Me agrada tu apariencia, Umbopa, y te tomo para mi servicio —dijo sir Enrique en inglés.
Umbopa lo comprendió, contestó en su dialecto: