Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Pero alcanzarlos no era cosa tan fácil y tuvimos que caminar dos horas largas, con un sol que nos quemaba, para volver a encontrarlos. Estaban, excepto uno, aglomerados en un grupo, y pude ver, por la inquietud que manifestaban y el continuo movimiento de sus trompas hacia arriba para olfatear el aire, que se hallaban alarmados y dispuestos a evitar otro ataque. El elefante que se destacaba de los demás, sin duda alguna, era una centinela que, como a cincuenta varas de la manada y sesenta de nosotros, vigilaba por la seguridad de todos. Seguro de que si tratábamos de aproximarnos nos descubrirÃa, y dando su señal de alarma, harÃa que sus compañeros pronto desaparecieran de nuestra vista, lo tomamos por blanco y a mi voz de aviso, hicimos fuego, dejándole instantáneamente muerto. Otra vez la manada se puso en fuga; pero desgraciadamente para ellos, cortaba la dirección en que corrÃa, y como a cien varas del sitio en que la sorprendimos, un profundo barranco de escarpadÃsimas orillas, en donde el impulso de la carrera hubo de precipitarla. Cuando llegamos a aquel lugar, muy parecido por cierto al sitio donde fue muerto el PrÃncipe Imperial en el Zulú, presenciamos desde el borde de dicho barranco, cómo los aterrorizados animales se revolvÃan en confuso tropel al tratar de subir por la otra orilla, chillando alborotadamente al empujarse y atropellarse en su egoÃsta pánico, tal como si fueran otros tantos hombres. Aquella era nuestra oportunidad, y la aprovecharnos disparando con la rapidez que la carga nos permitÃa; matamos cinco de aquellas infelices bestias, y hubiéramos concluido con todas, si, dejando repentinamente su empeño por ascender hacia el lado opuesto, no se hubieran lanzado impetuosamente, agua abajo, por el seco lecho del torrente. Estábamos demasiado cansados para perseguirlos, y tal vez también un poco saciados de matanza, pues ocho elefantes era una ración algo más que buena para un dÃa.