Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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Se nos escapó un grito, porque sabíamos que su muerte era inevitable, y corriendo tanto como podíamos, nos dirigimos hacia él. En tres segundos todo había terminado; pero no como nosotros esperábamos. Khiva, nuestro muchacho del Zulú, vio la caída de su amo, y bravo como un león, y ligero como un rayo, volviose y lanzó su azagaya contra la cara del elefante, clavándosela en la trompa.

Dando un grito de dolor, el colérico bruto asió al pobre zulú, lo arrojó contra la tierra, y poniendo su disforme pie sobre el centro de su cuerpo, enroscó la trompa en la parte superior del tronco y lo dividió en dos.

Nos lanzamos ebrios de ira, horrorizados, sobre la terrible fiera, y la acribillamos a balazos, hasta que cayó muerta sobre los fragmentos del zulú.

Good se levantó, y casi desesperado, se retorcía las manos sobre el cadáver del valiente que había dado la vida por salvarle, y yo, aunque viejo en el oficio sentí un nudo en mi garganta. Umbopa, de pie, contemplaba el gigantesco cadáver del elefante y los mutilados restos del pobre Khiva.

—Bien —dijo pausadamente— ¡ha muerto! pero ha muerto como un hombre.


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