Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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A todo esto podía verse la vaporosa figura de Tess, detenida al lado del carruaje cuyo ocupante le hablaba. Su aparente indecisión era más que eso, pues era desconfianza. Ella hubiera preferido el humilde carro. Se apeó el joven y pareció instarla a que subiera. Ella volvió la cabeza al grupo de los suyos. Algo parecía apremiarla para que tomase una determinación; quizá el recuerdo de haber sido causa de la muerte de Príncipe. Y de pronto subió al coche. Hizo el joven lo mismo, montando a su lado, y enseguida fustigó al caballo. En un santiamén dieron alcance al carro del equipaje y se perdieron de vista, tras la cresta de la colina.

Fuera Tess del alcance de la vista, ya el drama perdía todo interés. Los niños tenían los ojos llenos de lágrimas. El más pequeño exclamó:

—¡Ojalá no se hubiera ido Tess a ser una señora!

Y haciendo un puchero, rompió a llorar.

El nuevo punto de vista fue contagioso, y uno tras otro todos sus hermanitos se echaron a llorar también a lágrima viva.

También había lágrimas en los ojos de Joan cuando emprendió el regreso a casa. Pero antes de llegar a la aldea ya había puesto pasivamente su confianza en el destino. Sin embargo, aquella noche suspiró en la cama, de suerte que su marido hubo de preguntarle qué tenía.


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