Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Contemplaron cómo se acercaba al carro, en que ya habían acomodado el equipaje, la blanca figura de la muchacha. Pero momentos antes otro coche surgió de entre unos matorrales de la cumbre, fue dando un rodeo hasta colocarse delante del carro del equipaje, y se detuvo junto a Tess, que hubo de mirarle grandemente sorprendida.
Su madre observó por primera vez que el segundo vehículo no era un humilde carricoche como el otro, sino un tílburi flamante, primorosamente barnizado y equipado. Lo conducía un joven de unos veintitrés o veinticuatro años, con un cigarro entre los dientes, una gorrita muy elegante, chaqueta castaña, pantalones de montar del mismo color, corbata blanca, cuello alto y guantes pardos, de los de guiar; en una palabra, el apuesto jinete que visitara una o dos semanas antes a Joan para saber la determinación de Tess.
La señora Durbeyfield juntó las manos con admiración infantil. ¿Podía ella engañarse sobre el significado de aquello?
—¿Es ése el caballero pariente que va a hacer de Tess una señorona? —preguntó el más pequeño de los niños.