Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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De esta suerte se pusieron en camino las hijas y la madre, llevando Tess de cada mano a una de sus hermanitas. Éstas la miraban embobadas de cuando en cuando, como a persona de quien se esperan grandes cosas; detrás iba la madre con el niño más pequeño, formando todos en conjunto un cuadro de honrada belleza, que a sus costados tenía la blanca inocencia y a su zaga la necia vanidad. El grupo se adelantó hasta el principio de la cuesta, en cuya cima había de tomar la muchacha el carro procedente de Trantridge, pues era el límite que se había fijado para ahorrarle al caballo la fatiga de la última subida. A lo lejos, tras la primera línea de colinas, se veían las casitas de Shaston en escarpado panorama rompiendo la línea de la sierra. En el empinado camino que serpenteaba en declive no se veía a nadie, sino al muchacho que habían enviado por delante, sentado en las varas de la carretilla que contenía todo el haber terrenal de Tess.

—Esperemos aquí un poco, que no tardará en venir el carro —dijo la señora Durbeyfield—, ¡sí, ya viene por allí, a lo lejos!

Y en efecto, de pronto apareció el vehículo por detrás del último repecho y se detuvo junto al muchacho de la carretilla. Con esto, la madre y los niños decidieron no proseguir, y, despidiéndose aprisa, Tess procedió a coronar la cuesta.


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