Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Pero, Tess —contestó después de una bocanada o dos más de humo—, ¿es posible que una niña tan valiente y decidida como usted pregunte eso? Yo siempre bajo esta cuesta a galope tendido. Es lo mejor para levantar el ánimo.
—Pero ¿quizá ahora no necesita hacerlo?
—¡Ah! —exclamó él moviendo la cabeza—. Ahora no voy yo solo. Y hay que andar con cuidado con Tib, que tiene un genio muy raro.
—¿Quién es Tib?
—¿Quién ha de ser? La yegua. ¡Como que hace un poco se volvió a mirarme con un gesto muy raro! ¿No lo notó usted?
—Haga el favor de no asustarme —exclamó Tess rÃgidamente.
—¡Pero si no hay motivo de susto! Precisamente a quien más obedece el animal es a mÃ… Digo, si es que obedece a alguien… Pero, en fin, si a alguien obedece es a mÃ…
—¿Y por qué tiene usted una yegua tan dÃscola?
—Pues porque, por lo visto, era mi destino. Tib, antes de comprarla yo, mató a un chico, y luego por poco me mata también a mÃ. Aunque luego, créame, por poco la mato yo a ella… Sólo que todavÃa le quedan resabios, y muchas veces no las tengo todas conmigo…