Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Empezaban a bajar la cuesta en aquel momento, y era evidente que la yegua, por su voluntad o la de él, apenas necesito que la hostigasen lo más mÃnimo para llevar a cabo la descabellada empresa que de ella se esperaba.
CorrÃa el animal cuesta abajo, disparado, con las ruedas zumbando, zarandeando al coche de un lado para otro, con el eje un poco oblicuo en relación a la lÃnea de avance. La figura de la yegua se alzaba y descendÃa ante ellos en una ondulación continua. A veces quedaba una de las ruedas, aparentemente, en el aire por un trecho de muchos metros; otras, una piedra salÃa dando vueltas sobre el seto, y de sus herraduras brotaban chispas más claras que la luz del dÃa. Aquel recto camino parecÃa dilatarse con el rápido avance y ambas laderas iban separándose al paso del vehÃculo como hendidas por un estilete, haciendo el efecto de rozarles los costados a los viajeros.
El viento calaba la blanca muselina del traje de Tess, entrándole hasta la misma piel, al par que le alborotaba los recién lavados cabellos. Estaba resuelta la joven a no dar indicio de temor alguno, pero hubo de cogerse al brazo con que d’Urberville llevaba las riendas.
—¡No me toque el brazo! —exclamó aquél—. ¡Mire que volcamos! Cójame de la cintura.