Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Lo hizo asĂ­ la muchacha y llegaron felizmente al final de la cuesta.

—¡Gracias a Dios que estamos a salvo, a pesar de su locura! —dijo Tess con el rostro encendido.

—¡Tess, debería avergonzarse! ¡Vaya genio! —repuso d’Urberville.

—¡No he dicho más que la verdad!

—Pero, criatura, no se suelte usted de mí con esa prisa, ahora que pasó el peligro.

No había reparado Tess en lo que hacía, si él era hombre o mujer, palo o piedra, al agarrarse involuntariamente a él. Recobrada su reserva, no replicó palabra.

AsĂ­ llegaron a la cumbre de otra pendiente.

—¡Ea, vamos con ésta otra vez! —dijo d’Urberville.

—No, no —saltó Tess—. Tenga usted más prudencia esta vez.

—Pero es que no hay más remedio que bajar después de haber subido a uno de los puntos más altos del condado —replicó el joven.

Y aflojando las riendas, se lanzó de nuevo cuesta abajo. En tanto que se tambaleaban con el traqueteo del coche, se volvía d’Urberville a mirar a la muchacha y una de las veces le dijo con una sonrisa:

—¡Vamos, agárrese de nuevo a mi cintura como antes, preciosa!


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