Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Eso nunca! —repuso Tess muy resuelta, sujetándose al coche como Dios le dio a entender, pero sin tocarle a él.
—Déjeme que le dé un beso en esos labios de fresa, Tess, o en esa mejilla arrebolada, y paro… Le doy palabra de que paro.
Altamente sorprendida Tess, se replegó en su asiento. El joven entonces hostigó más a la yegua, arreciando los vaivenes del coche.
—¿Sólo a cambio de eso pararÃa usted? —gritó al cabo, desesperada, mirándole con fieros ojos. Todo aquello parecÃa lamentable consecuencia del esmero que su madre pusiera en ataviarla y embellecerla.
—Sólo a cambio de eso, querida Tess —insistió él.
—No sé… —exclamó la joven—. Bueno, ¡después de todo! —añadió desconsolada.
Tiró él de las riendas y cuando, ya en marcha lenta, se disponÃa a imprimir en la mejilla de la joven la ansiada caricia, habiendo ésta depuesto, al parecer, su rubor, se apartó a un lado Tess. D’Urberville, que tenÃa los brazos ocupados con las riendas, no pudo evitar la maniobra.
—Maldita sea, vamos a rompernos la crisma —juró el joven, encendido en el fuego de su caprichosa pasión—. ¿Le parece a usted bien, Tess, joven bruja, faltar de ese modo a su palabra?