Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Bueno —respondió Tess—, ya que se empeña usted, me estaré quieta… Pero pensaba que tratarÃa usted con más consideración a una parienta y la protegerÃa.
—Al diablo el parentesco. ¡Vaya con lo que me sale ahora! —exclamó el joven.
—¡Es que yo no quiero que nadie me bese, señor! —imploró ella a tiempo que resbalaba por su cara una gruesa lágrima y le temblaban las comisuras de los labios con los esfuerzos que hacÃa para reprimir el llanto—. ¡Si llego a saber esto, no vengo!
Pero el joven se mostró inexorable, y la pobre Tess, inmóvil en su asiento, hubo de avenirse a recibir el beso de dominio. No bien hubo sucedido asÃ, sacó el pañuelo, roja de vergüenza, y se limpió la parte de la mejilla donde d’Urberville habÃa puesto sus labios. Aquél contuvo su indignación por el desaire, comprendiendo que la muchacha lo habÃa hecho inconscientemente.
—¡Muy delicada es usted para ser aldeana! —dijo el joven.