Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville No replicó Tess a aquella observación, cuyo sentido no llegó a comprender del todo, por no haber notado el desaire que le hizo al limpiarse la mejilla. La joven había efectivamente borrado el beso, en la medida en que tal cosa era físicamente posible. Presintiendo confusamente que él estaba resentido, Tess miraba ahora fijamente hacia delante. Atravesó el coche al trote por Melbury y Wíngreen; y Tess, consternada, vio que todavía faltaba por bajar otra cuesta.
—¡Eso que ha hecho usted le va a pesar! —prosiguió el joven sin deponer el tono ofendido y blandiendo la fusta otra vez—. A menos que consienta en que le dé otro beso, pero sin pañuelo, ¿eh?
Tess suspiró.
—Bueno. ¡Oh… deje que recoja mi sombrero!
Se le había volado el sombrero al camino por efecto de la gran velocidad a que iba el coche, no obstante estar todavía en la subida. Paró d’Urberville y dijo que él bajaría a recogerlo, pero ya Tess se había apeado por el lado opuesto.
Desanduvo un trecho de camino y recogió la prenda.
—Créame usted que me parece todavía más bonita sin sombrero, si es posible —dijo d’Urberville mirando a Tess desde el otro lado del vehículo—. Pero, ande, ¡suba otra vez! ¿Qué le pasa ahora?