Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tess tenÃa ya puesto y atado el sombrero; pero no se movÃa de su sitio.
—No, señor —dijo, mostrando el rojo y el marfil de su boca y desafiándole arrogante con sus encendidos ojos—. No volveré, si puedo evitarlo.
—¡Cómo! Pero ¿es que no va a subir al coche conmigo?
—No, prefiero ir andando.
—Mire usted que faltan todavÃa ocho o nueve kilómetros para llegar a Trantridge.
—Aunque fueran veinte. Además, el carro viene detrás de nosotros.
—¡Vaya, vaya con la niña y qué lista es! DÃgame ¿dejó a propósito que se le volara el sombrero? ¡JurarÃa que sÃ!
La estrategia de silencio de la joven le confirmó en sus sospechas.
D’Urberville prorrumpió en denuestos y maldiciones, insultándola con todos los adjetivos posibles por haberle chasqueado de aquel modo. Haciendo dar a la yegua una media vuelta rápida, pretendió acorralar a la joven entre el coche y la cuneta; sólo que no pudo hacerlo por miedo a lastimarla.