Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Desde luego, no voy a pelear —exclamó Tess majestuosamente—. ¡Si llego a darme cuenta antes no me hubiera rebajado viniendo en compañía de semejante hatajo de rameras!

El excesivo alcance de aquel apostrofe le valió a Tess un torrente de vituperios de otras mozas, especialmente de la Sota de Diamantes, que habiendo mantenido con d’Urberville las mismas relaciones que Car, aunque no se habían hecho públicas, se unió a aquélla contra el enemigo común. Y aun les hicieron eco otras mozas, que no lo hubieran hecho de no haber bebido en demasía aquella dichosa tarde. Al ver que se levantaban contra Tess tantas enemigas, maridos y novios procuraron poner paz, pero sólo lograron atizar más todavía la guerra.

Tess estaba indignada y llena de vergüenza. Ya no le importaba nada la soledad del camino ni lo avanzado de la hora; su único anhelo era alejarse de aquella gente lo más pronto posible. Harto sabía Tess que las mejores de esas mozas habían de arrepentirse al otro día de su conducta. Ya estaban todos dentro de la cerca, y Tess se volvía hacia la linde para escapar sola, cuando surgió calladamente un jinete por la esquina del seto que ocultaba el camino y Alec d’Urberville se plantó ante ellos.

—¿Pero qué escándalo estáis armando, ganapanes?


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