Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Nadie acertaba a darle respuesta cumplida, que, además, no era necesaria. Porque el joven, habiéndose acercado furtivamente hasta allÃ, habÃa tenido ocasión de enterarse de todo.
Tess permanecÃa apartada, junto a la cerca. Alec se inclinó hacia ella y le susurró:
—Salta a las ancas de mi caballo y en un santiamén estaremos lejos de estas gatas rabiosas.
A punto estuvo la joven de desmayarse al comprender con toda claridad el significado de aquel crÃtico instante. En cualquier otro momento de su vida hubiera rechazado la ayuda y compañÃa que se le brindaba, y ni el temor a la soledad del camino le hubiera hecho fuerza para proceder de otra suerte. Pero viniendo aquella invitación en un instante en que con sólo aceptarla podÃan convertirse el miedo y la indignación que aquellas enemigas le infundÃan en un triunfo completo, dio la joven un salto, se encaramó a la cerca, apoyó la punta del pie en el pie de él, y montó en la silla detrás de Alec. Ya iban los dos a todo correr por la gris lejanÃa cuando los alborotadores se percataron de lo ocurrido.
La Sota de Espadas se olvidó de la mancha de su corpiño, y junto a la Sota de Diamantes y la moza recién casada se quedó mirando con la boca abierta en la dirección por donde se oÃa, cada vez más débil, el galopar del caballo, cuyo sonido se apagó por fin en la distancia.