Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—¿Qué es lo que miran ustedes? —les preguntó uno que no había observado el incidente.

—¡Ja, ja, ja! —rió la negra Car.

—¡Ji, ji, ji! —exclamó la recién casada dada al trago, apoyándose en el brazo de su tierno esposo.

—¡Ju, ju, ju! —hizo la madre de la morena Car, acariciándose los bigotes y diciendo lacónicamente—: ¡De la sartén al fuego!

Luego, aquellos hijos del aire libre, a los que ni el exceso de alcohol podía hacer daño mucho tiempo, se reintegraron al camino, y al andar se movió con ellos, en torno a la sombra de sus cabezas, un círculo de opalescente claridad formado por los rayos de luz de la luna, al reflejarse en el chispeante manto de rocío. Ninguno alcanzaba a ver otra cosa que el halo de luz que le circundaba, y que jamás se le apartaba de la cabeza por mucho que la moviera, persiguiéndola y embelleciéndola con insistencia, de suerte que los irregulares movimientos de mozos y mozas parecían formar parte de aquel resplandor; hasta que los vahos de su aliento semejaron ser un componente de la bruma nocturna, y el espíritu del paisaje, la luz y la naturaleza parecieron armonizar íntimamente con los vapores del vino.


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