Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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XI

Los dos fugitivos cabalgaron algún trecho sin decir palabra. Tess iba apretada contra el joven y saboreando su triunfo, por más que la atormentasen otra clase de dudas. Había observado que no era aquél el fogoso caballo que otras veces montara d’Urberville, y sobre este particular estaba tranquila, no obstante resultarle bastante inseguro su asiento, a pesar de la fuerza con que iba cogida a su compañero. Le suplicó a Alec que pusiese al paso a la bestia, complaciéndola aquél.

—¿Nos ha salido redondo, verdad, Tess? —preguntó d’Urberville al poco.

—Sí —dijo ella—. Bien puedo agradecérselo.

—¿Y me lo agradece usted?

La joven no le contestó.

—Tess, ¿por qué le hacen tan poca gracia mis besos?

—Pues… porque no le quiero a usted.

—¿Está usted segura de ello?

—¡A veces hasta me da coraje!

—¡Ah! Ya me lo temía yo.

Alec se abstuvo de combatir aquella objeción de la joven. Sabía que cualquier cosa es preferible a la frialdad.

—Pero ¿por qué no me lo dijo usted nunca?

—Harto lo sabe usted. Porque no tengo aquí quien salga en mi defensa.


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