Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Estaba cansadísima. Llevaba una semana levantándose a las cinco de la mañana y apenas si se había sentado en todos esos días. Además, por si era poco, aquella tarde había andado un trecho de cinco kilómetros hasta Chaseborough y había esperado a sus vecinos tres horas, sin comer ni beber, por no permitírselo su impaciencia; había luego recorrido a pie dos kilómetros de regreso a la casa y sufrido la excitación consiguiente a la gresca en que se viera enzarzada. Y era a la sazón ya la una de la madrugada. Sólo una vez, sin embargo, se dejó vencer por el sueño. Y en aquel instante de ausencia mental apoyó suavemente la cabeza en la espalda de su jinete.
Detuvo d’Urberville el caballo, soltó los estribos, se volvió y rodeó con sus brazos la cintura de la muchacha para sostenerla.
Pero fue esto suficiente para que ella se aprestara a la defensiva, y con uno de aquellos impulsos de represalia que la caracterizaban, apartó a d’Urberville de un empujón. A punto estuvo el jinete de perder el equilibrio por la inestable posición en que se encontraba, y si no rodó por tierra fue gracias al caballo que, aunque fuerte, era por fortuna el más pacífico de cuantos montaba.
—¡Eso es diabólicamente ingrato! —dijo el joven—. Yo no tenía más intención que sostenerla a usted para que no resbalara.