Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Recapacitó ella con desconfianza, y pensando que después de todo podÃa ser verdad, se amansó y dijo humildemente:
—Usted perdone, señor.
—La perdonaré, pero a condición de que en adelante tenga más confianza en mÃ. Pero ¡Señor mÃo! —exclamó el joven—, ¿qué soy yo para que me haga esos ascos una chiquilla como usted? Tres meses mortales lleva usted jugando con mis sentimientos, rehuyéndome y desairándome, y ¡vaya, que no lo puedo sufrir!
—Mañana mismo me vuelvo a mi casa, señor.
—¡No, qué ha de irse usted! ¿Quiere usted, se lo suplico una vez más, darme la prueba de confianza de dejarse sujetar por mi brazo? Vamos, ahora, aquà entre nosotros, usted sabe que yo la quiero y la tengo por la muchacha más bonita del mundo, como en realidad lo es. ¿No podrÃa tratarla como enamorado?
Dejó ella escapar un rápido y breve murmullo de protesta, revolviéndose inquieta en su asiento; miró hacia delante y murmuró:
—No lo sé…, yo sà quisiera…, pero ¿cómo voy a decir sà ni no, cuando…?