Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tess, que se hallaba muy ocupada bajando el juego de té del aparador del rincón, no oyó esos comentarios, que, de haberlos oído, pronto les hubiera cortado los vuelos a las murmuradoras. Mas los oyó su madre, y en su ingenua vanidad, y puesto que no era posible contar con un matrimonio deslumbrante, se avino a sacar partido de la sensación de un coqueteo deslumbrante. En el fondo, se sentía halagada, aunque fuera tan menguado y falaz el limitado y efímero triunfo que dejaba malparada la reputación de su hija. Después de todo, aún podía terminar la cosa en casorio, y en la efusión de su gratitud por la admiración que mostraban las muchachas, las invitó a tomar el té.
La charla, las carcajadas, las risueñas indirectas, y sobre todo los rubores y pujos de envidia de sus amigas, reanimaron también el espíritu de Tess; y a medida que avanzaba la tarde se contagió de su entusiasmo, hasta el punto de ponerse casi contenta. Desapareció de su rostro la severidad marmórea, recobró algo de su antigua vivacidad saltarina y asomaron a su cara los colores de su lozana hermosura.