Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville De cuando en cuando, olvidando sus preocupaciones, contestaba a las preguntas de sus amigas con un aire de superioridad que parecía revelar que sus hazañas en las galantes lides eran dignas de envidia. Pero lejos de estar, según la frase de Robert South[39], «enamorada de su propia ruina», sus ilusiones de aquella tarde fueron fugaces como un relámpago; volvió la serena razón a mofarse de su flaqueza y no tardó en desvanecerse el espectro de su momentánea vanagloria.
Después vino el desencanto del despertar al día siguiente, que ya no era domingo, sino lunes y ya sin la mejor ropa; se habían ido las risueñas visitantes, y Tess despertó sola en su antiguo lecho, y oyó allí junto a ella la respiración de los inocentes hermanitos. En vez de la impresión bulliciosa de su regreso y el interés que inspirara el primer día, vio la joven delante de sí un largo y áspero camino que tendría que recorrer ella sola, sin ayuda de nadie, y con pocas simpatías de parte de los demás. Su depresión de ánimo fue terrible; de buena gana se hubiera escondido en una tumba.