Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Pero de todas las cosas enrojecidas a la llama del sol, aquella mañana fueron las más brillantes dos brazos de pintada madera que se alzaban en la linde de un amarillento trigal, inmediato al pueblo de Marlott. Aquellos dos brazos, junto con otros dos que quedaban más abajo, formaban la cruz de Malta giratoria de una segadora que habían llevado al predio la tarde anterior, a fin de que estuviese lista para trabajar aquel día. La pintura que los impregnaba, intensificada por la luz del sol, les daba la apariencia de hallarse sumergidos en fuego líquido.
El campo ya estaba «abierto», es decir, ya habían segado una faja de pocos centímetros de ancho en el trigo, en torno a todo el campo, a fin de que pudieran entrar por allí los caballos y la máquina.
Dos grupos, de hombres y mozos el uno y de mujeres el otro, habían llegado por el camino a la hora en que las sombras de las puntas del seto oriental se proyectaban a mitad de la altura del seto de poniente, de forma que las cabezas de aquellas gentes gozaban ya del amanecer, mientras sus pies permanecían todavía en el crepúsculo. Todos traspusieron los dos postes de piedra que flanqueaban la entrada desde el predio inmediato.