Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La estrecha zona de rastrojo que rodeaba el campo iba ensanchándose a cada vuelta y reduciéndose el área de la masa de espigas a medida que iba avanzando la mañana. Conejos, liebres, ratas, ratoncillos y demás alimañas se recogían en sus madrigueras, sin comprender lo precario de sus refugios ni el tormento que les esperaba cuando, al avanzar el día, quedara reducido hasta una espantosa estrechez el terreno en que se guarecían, donde se mezclarían amigos y enemigos, hasta que los últimos kilómetros de enhiesto trigo cayesen bajo los dientes de la implacable segadora y todo bicho campestre hubiese de sucumbir a las pedradas y palos de los gañanes.
La segadora dejaba el trigo hacinado a sus espaldas en montoncillos, cada uno de los cuales representaba la cuantía de una gavilla, poniendo sobre ellos sus manos enseguida los activos agavilladores de retaguardia —mujeres en su mayoría, aunque también había algunos hombres con camisas de colorines y pantalones sujetos a la cintura por correas— que hacían innecesarios los dos botones de atrás, los cuales fulguraban y resplandecían al sol a cualquier movimiento de su dueño, como un par de ojos que éste llevara en la rabadilla.