Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Nunca había visitado Tess aquella parte del país, y sin embargo no se sintió extraña en él. No lejos y a su izquierda distinguió la joven en el panorama un manchón oscuro, que al preguntar ella, curiosa, le dijeron lo que se figuraba: que aquello eran los árboles que señalaban las cercanías de Kingsbere, en cuya iglesia parroquial yacían los huesos de sus antepasados, de sus inútiles antepasados.
Ya no le inspiraban admiración. Casi los odiaba por las consecuencias que el pensar en ellos le había traído. Lo único que conservaba de ellos era aquel sello y aquella cuchara que dijimos.
«¡Bah!», pensó Tess. «Después de todo, tanta sangre tengo de mi padre como de mi madre. Mi hermosura es heredera de ella, y nunca fue más que moza de lechería».
Su camino por aquellos barrancos y mesetas de Egdon resultó más penoso de lo que imaginara, y eso que la distancia se reducía a unos cuantos kilómetros. Dos horas tardó, debido a las muchas revueltas y recodos, en llegar a una colina desde la que pudo contemplar el ansiado valle, el valle de las grandes vaquerías, donde se producían leche y manteca en gran escala, aunque no tan buenas como en su pueblo, la verde llanura que tan bien riega el río Var o Froom.