Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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La mayoría de los lecheros se ponen intratables a la hora del ordeño, pero el señor Crick, muy satisfecho de ver que le llegaba una nueva ordeñadora, muy oportuna en aquellos días de tanto trajín, recibió a Tess muy amable, preguntándole por su madre y demás personas de su familia, todo pura etiqueta, ya que en realidad jamás había tenido noticia de que hubiera en el mundo una señora Durbeyfield, hasta que no le escribieron brevemente recomendándole a Tess.

—Sí, de muchacho anduve por esa parte del valle —dijo por decir algo—, aunque hace mucho tiempo que no he vuelto por allí. Pero una viejecita de noventa años que vivía aquí (la pobre se murió hace ya mucho tiempo) me dijo que había en Blackmoor una familia de su mismo apellido de usted, que pertenecía a un antiguo linaje ya extinguido… De todo esto la gente joven no sabía nada. Y yo mismo, maldito si me enteré bien de los charloteos de la vieja.

—No es nada —dijo Tess.

Luego recayó la conversación sobre un tema más práctico.

—¿Sabe usted ordeñar bien, jovencita? No quiero que mis vacas lleguen a secarse en esta época del año.


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