Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Si es usted capaz de tragar eso, allá usted —dijo con indiferencia, sosteniendo la colodra de la que bebÃa la joven—. Yo llevo muchos años sin probarla. No me hace pizca de gracia; me caerÃa en el estómago como plomo. Puede usted probar su mano con ésta —prosiguió señalando a la vaca más cercana—, aunque no, que ésta es muy dura. Aquà las tenemos duras y suaves, como pasa con las personas; sin embargo, pronto lo averiguará por sà misma.
Cuando Tess, después de trocar su sombrero por la capucha y sentarse en el taburete al lado de la vaca, empezó a sentir manar la leche por entre sus dedos para caer en la colodra, le pareció a la joven que habÃa echado los cimientos de un nuevo porvenir. Aquella convicción le infundió serenidad y le regularizó el pulso, pudiendo ya la joven esparcir la mirada a su alrededor.