Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Mire usted, padre, ya que ha salido a relucir la cuestión —dijo Ángel con cara pensativa—, quisiera confesarle, de una vez para todas, que no me siento con ánimos para tomar las órdenes. Temo no poder hacerlo en conciencia. Amo a la Iglesia como se ama a una madre y siempre he de amarla así. No hay institución alguna cuya historia me inspire más honda admiración, pero no puedo honradamente ordenarme como ministro suyo, a semejanza de mis hermanos, mientras no se avenga a emancipar su mente de una insostenible teolatría redentora[53].

Jamás se le hubiera ocurrido al bueno del pastor que un hijo de su carne y sangre pudiera llegar a decirle aquello. Se quedó estupefacto, paralizado, anonadado. Y si Ángel no había de dedicarse a la Iglesia, ¿para qué mandarle a Cambridge? A aquel hombre de ideas cerradas le parecía que la universidad no podía ser otra cosa sino un paso para el sacerdocio. Era no solamente religioso, sino fervoroso creyente, y no en el sentido teológico que suelen dar a la palabra dentro y fuera de la Iglesia los profesionales, sino en el tradicional y ardoroso de la escuela evangélica. Era un hombre de esos que podían.

Opinar verdaderamente que el Eterno y Divino hace dieciocho siglos con toda verdad[54]


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