Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El padre de Ángel trató de argumentar, de persuadir, apelando incluso a la súplica.
—No, padre, no puedo suscribir el artículo cuarto de la confesión anglicana, y no digo nada de los otros, tomándolo en su sentido literal y gramatical, según está mandado, y, por lo tanto, no puedo ser pastor en el actual estado de cosas —contestó Ángel—. Mis instintos todos en materia de religión me orientan hacia la reconstrucción; recuerde usted su favorita Epístola a los Hebreos, en que se recomienda la demolición de las cosas que no están firmes para que sobrevivan las que pueden resistir[55].
Fue tal la cara que puso el padre de Ángel que a éste le causó gran pesar de verla.
—¿De qué servirían las economías de tu madre y mías para darte estudios en una universidad, si no condujeran al honor y gloria de Dios? —exclamó su padre.
—Pero, padre, ¿y no piensa usted que podrían utilizarse para honor y gloria del hombre?
De haber insistido Ángel con su padre es posible que hubiera ido, como sus hermanos, a Cambridge.