Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville En aquellos largos días de junio las mozas de la lechería y la gente toda de la casa se acostaban al oscurecer o antes, porque la tarea de la mañana, que había de preceder al ordeño, era muy laboriosa y había que hacerla muy temprano en aquella época de producción copiosa. Tess solía irse con las demás mozas al dormitorio. Pero aquella noche se anticipó a sus compañeras, y al entrar éstas en la habitación ya estaba ella medio adormilada. Las vio desnudarse a la luz anaranjada del sol poniente, que abrillantaba sus formas, y volvió a adormecerse; mas de nuevo la despertaron las otras con sus voces obligándola a mirar otra vez hacia ellas.
Ninguna de sus tres compañeras de dormitorio se había metido aún en la cama. De pie, en camisa y descalzas, se agrupaban junto a la ventana, por donde entraban las últimas llamaradas del ocaso, caldeándoles rostros y gargantas, así como las paredes de la habitación. Miraban las tres muchachas con profundo interés a alguien en el jardín, juntando estrechamente sus caras; jovial y redonda la una, pálida, de cabos negros la otra, y rubia la tercera, con trenzas casi pelirrojas.
—¡No empujes, que lo puedes ver tan bien como yo! —dijo Retty, la pelirroja y más joven, sin quitar los ojos de la ventana.