Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Desengáñate, Retty, que lo mismo vamos a sacar tú que yo de estar enamoradas de él —exclamó la risueña Marian, la mayor de las tres, maliciosamente—. ¡La cara que a él le gusta no es la tuya!

Retty Priddle siguió mirando al jardín como las demás.

—¡Ya está ahí otra vez! —exclamó Izz Huett, la pálida muchacha de negro y lustroso pelo y finísimos labios.

—No tienes que decir nada, Izz —contestó Retty—, que yo te he visto besar su sombra.

—¿Qué es lo que viste? —preguntó Marian.

—Pues verás. Estaba él junto al caño del suero dándole salida, y la sombra de su cara iba a dar en la pared a espalda suya. Y estaba allí Izz llenando un cántaro. Y fue ella y pegó su boca a la pared y le dio un beso a la sombra de la boca de él. Yo la vi, pero él no lo notó.

—¡Vaya con Izz Huett! —exclamó Marian.

A las mejillas de la aludida asomaron los colores.

—¿Y qué hay de malo en eso? —declaró con afectada frialdad—. Si es cierto que estoy enamorada de él, también lo estáis Retty y tú, Marian.

Ésta última no pudo ruborizarse por ser en ella achaque crónico el rubor. Lo que hizo fue protestar.


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