Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —No vayas a enfadarte —le dijo—. El pobre está tan trastornado con las noticias que le dio el pastor, que hará cosa de media hora se fue a casa de Rolliver. Tiene que hacer acopio de fuerzas para el viaje que esta madrugada ha de emprender con esa carga de panales que tiene que entregar para mañana sin falta, tenga o no esa familia.
—¡Acopio de fuerzas! —exclamó Tess con Ãmpetu, mientras las lágrimas anegaban sus ojos—. ¡Oh Dios mÃo, en una taberna! ¡Y usted, madre, tan conforme!
Su protesta pareció difundirse por la estancia toda, comunicando un aire acobardado al moblaje, a la luz, a los niños que por allà andaban jugando, e incluso al rostro de su madre.
—No —dijo ésta conmovida—, no estoy conforme. Precisamente te estaba esperando para que tuvieras cuidado de la casa mientras yo iba a buscarle.
—Iré yo.
—No, no, Tess. Ya sabes que si tú fueras serÃa inútil.
No insistió Tess, comprendiendo el sentido de la objeción maternal. Ya colgaba de una silla el abrigo de la señora Durbeyfield, que ésta habÃa puesto allà para tenerlo más a la mano.
—Guarda entretanto el Libro de la fortuna —añadió Joan, secándose aprisa las manos y poniéndose el abrigo.