Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El Libro de la fortuna era un grueso y viejo volumen que había en una mesa allí cerca, y que tan desgastado estaba por el uso que ya tenía comidas las márgenes. Lo cogió Tess, y su madre salió.
Aquel ir a la caza de su marido en la taberna era uno de los goces que le quedaban a la señora de Durbeyfield en medio de las suciedades y confusiones que le ocasionaba la crianza de sus hijos. Descubrirle en Rolliver, sentarse a su lado una o dos horas y olvidar todo pensamiento y cuidado por los hijos, la hacía feliz. Una suerte de halo luminoso, de resplandor de ocaso abrillantaba su vida entonces. Sus trabajos y molestias, todas sus desabridas realidades cobraban una como impalpabilidad metafísica, pasando a ser meros fenómenos mentales para una serena contemplación, dejando de ser opresiones torturadoras del cuerpo y el alma. Los pequeños, cuando no los veía inmediatamente, le parecían a la pobre mujer pertenencias gratas y deseables; los incidentes de la vida cotidiana, mirados desde allí, no carecían de atractivo y aliciente. Sentía Joan algo de lo que había sentido los años de su noviazgo, cuando solían sentarse en aquel mismo lugar, y ella cerraba los ojos a los defectos de su carácter y sólo le veía en su aspecto ideal de enamorado.