Tess de D'Urberville

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Por la tarde bajaron algunas de la mozas a los prados como de costumbre, dirigiéndose a un paraje alejado de la lechería, donde se ordeñaban muchas vacas sin llevarlas al caserío. A medida que avanzaban en su preñez iba disminuyendo el rendimiento de los animales, y ya el lechero había despedido a las mozas extraordinarias que tomaba durante la estación pródiga.

La tarea avanzaba con calma. El contenido de cada colodra se trasegaba a unas grandes cubas que había en un carretón de ballestas, allí a tal efecto conducido, y después de ordeñar las vacas las llevaban otra vez al sitio en que pastaban.

El lechero, que estaba allí con los demás y cuya ropa de una blancura milagrosa resaltaba con fuerza contra el plomizo cielo de la tarde, consultó de pronto su descomunal reloj.

—¡Vaya! —exclamó—. Es más tarde de lo que yo creía. Si nos descuidamos llegamos tarde con la leche a la estación. Hoy no podemos llevarla ya a casa para mezclarla en el tanque y enviarla después. Tenemos que llevarla a la estación desde aquí mismo. ¿Pero quién va a llevarla?


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