Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Al volver por el huerto, pensaba Tess qué sería lo que su madre habría tenido que consultar en el libro aquel día, suponiendo, naturalmente, que tendría relación con el descubrimiento inesperado de su rancio abolengo. No podía adivinar que el objeto de la consulta había sido ella misma. Pero la joven, dando enseguida de mano a ese pensamiento, se puso a recoger y remojar, para plancharla luego, la ropa blanca que se había secado durante el día, ayudada en esta labor por su hermanito Abraham, de nueve años, y su hermana Eliza-Louisa-Liza-Lu, —como la llamaban todos—, de doce y medio. Los más pequeños estaban ya en la cama. Tess le llevaba más de cuatro años al que le seguía, pues entre los dos había habido otros tantos que murieron casi recién nacidos; y la diferencia de edades le daba a la joven aire de madrecita suplente con respecto a sus hermanos. Después de Abraham habían venido al mundo dos niñas, Hope y Modesty. Luego seguía uno de tres años, y, por fin, el más pequeño, que acababa de cumplir su primer año.