Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Toda aquella gente menuda eran los pasajeros de la nave Durbeyfield, y sus placeres, necesidades, salud y hasta su vida pendían, naturalmente, de los dos adultos del hogar. Si las cabezas de la casa Durbeyfield optaban por navegar hacia dificultades, desastres, hambre, enfermedad, degradación y muerte, ahí estaba esa media docena de pequeños cautivos en la bodega, obligados a navegar con ellos; seis criaturas inermes a quienes nadie había preguntado si deseaban vivir de algún modo, y menos en tan duras condiciones como implicaba ser de la desamparada casa de Durbeyfield. Hay quien se pregunta cómo puede hablar del «Sagrado designio de la naturaleza» ese poeta cuya filosofía se juzga hoy tan profunda y veraz como puro y airoso es, en verdad, su verso[22].

Pasaba el tiempo y ni el padre ni la madre aparecían. Tess se asomó a la puerta y mentalmente recorrió las callejuelas de Marlott. El pueblo estaba ya cerrando los ojos. Desaparecían de todas partes las luces. Tess se imaginaba en el interior de las casas a los que extendían la mano con el apagador.

Que su madre hubiera ido a buscar al padre significaba simplemente mandar a otro. Y Tess pensó que un hombre de salud tan quebrantada, que en las primeras horas de la madrugada tenía que salir de viaje, no debía estarse hasta tan tarde en la taberna, festejando su rancio abolengo.


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