Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Si parece milagroso! ¡IncreÃble! —exclamó Izz.
Y Marian le dio un beso a Tess, murmurando al retirar sus labios:
—SÃ.
—Ese beso, ¿se lo has dado por ella o porque la han besado ya otros labios? —le dijo con sequedad Izz.
—No se me ha ocurrido pensar tal cosa —repuso Marian con sencillez—, pensaba únicamente en lo maravilloso de que vaya a ser su mujer, ella y no otra. Y no lo digo por nosotras, que nunca nos hicimos esa ilusión porque no hemos hecho más que quererle. Pero el caso es que él no va a casarse con una señorita de esas que visten de seda y raso, sino con una moza de vaquerÃa como nosotras.
—¿Y no me guardaréis rencor por ello? —dijo Tess con voz débil.
Todas se le colgaron del cuello antes de contestar, como si dieran por sabido que en los ojos podÃa vérseles la respuesta.
—No sé…, no sé… —murmuró Retty—. ¡Yo quisiera odiarte, mas no puedo!
—¡Y lo mismo me pasa a mÃ! —corroboraron Izz y Manan—. ¡No puedo odiarla! ¡Hay algo que me lo impide!