Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Sí que lo estoy! —dijo Tess—. Y me da bochorno de ponerme así.
Luego que todas se hubieron acostado, apagando la luz, dijo por lo bajo Marian:
—Oye, ¿te acordarás de nosotras cuando estés casada con él, y de que te decíamos que le queríamos, y de cómo procurábamos no odiarte, y de que no te odiábamos porque él te hubiese preferido a nosotras, que nunca nos habíamos forjado esa ilusión?
Mientras así hablaban ignoraban las pobres que un raudal de saladas lágrimas caía copioso otra vez en la almohada de Tess y que ésta formaba propósito, llena de congoja, de contarle a Ángel su historia entera, contraviniendo el mandato de su madre; sufrir que él, que era su vida y su alma, la despreciase, si tal era su ánimo, y que su madre la tuviese por una necia, antes que guardar un silencio que podía parecer una traición, y en cierto modo una villanía para con aquellas muchachas.