Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Al anochecer volvieron a la fonda en que se hospedaban, y Tess esperó en el vestíbulo, mientras Ángel daba orden de que trajeran a la puerta el caballo y el calesín. El salón estaba lleno de huéspedes que no cesaban de entrar y salir, y cada vez que se abría la puerta para dar paso a alguno, la luz del salón daba de lleno a Tess en el rostro. Dos hombres, al salir, pasaron rozándola. Uno de ellos se la quedó mirando como sorprendido, y Tess creyó reconocer en él a un patán enriquecido, a quien conocía de haberle visto alguna vez en Trantridge.
—Guapa doncella —dijo el otro.
—Sí, guapísima. Pero o mucho me equivoco o… —Y no llegó a expresar todo su pensamiento, pero sí negó el resto de la definición.
En aquella sazón volvió Ángel de la cochera, y al trasponer el umbral vio el gesto del hombre, oyó sus palabras y notó el encogimiento de Tess. Aquella impertinencia le hirió en lo vivo, y sin pensar lo que hacía le pegó al hombre un puñetazo en la barbilla con toda la fuerza de su brazo, haciéndole vacilar y retroceder hasta el pasillo.
Se recobró el patán e hizo ademán de responder a la agresión, por lo que Ángel se colocó delante de la puerta en actitud defensiva. Pero su adversario lo pensó mejor. Miró de nuevo a Tess al pasar junto a ella, y dijo a Ángel: