Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Influida por otro pensamiento, se apresuró ella a obedecer. Tenía algo que decir y aquella circunstancia podía favorecerla. Se sentó sin quitarse las joyas, y de nuevo se pusieron ambos a hacer conjeturas acerca de dónde podría encontrarse Jonathan con el equipaje. La cerveza que tenían escanciada a prevención para cuando él llegara había perdido ya toda la espuma, por efecto de su larga permanencia al aire. Luego se pusieron a cenar las viandas que tenían ya preparadas en una mesita arrimada a la pared. Antes de que terminaran se produjo en el humo de la chimenea un raro retroceso, invadiendo la estancia una bocanada tumultuosa, cual si algún gigante hubiera tapado con su mano la chimenea por la parte de fuera. La causa del fenómeno había sido el haberse abierto la puerta exterior. Se oyeron recias pisadas en la galería y Ángel salió a ver quién era.

—Me he hartado de llamar sin que nadie saliera a abrirme —le dijo Jonathan Kail, que por fin había llegado—, y como está lloviendo, le di un empujón a la puerta. Aquí traigo el equipaje, señor.

—Muy bien. Pero se ha retrasado usted mucho.

—Es cierto, señor.

Resultaba algo cohibido el tono con que Jonathan hablaba y en su frente alternaban surcos de preocupación con las arrugas de los años.


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