Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—En la lechería —siguió diciendo— hemos andado muy revueltos por una cosa que podía haber sido terrible, después que se marcharon esta tarde usted y la… la señora (que así habrá que llamarla desde ahora). ¿Se acuerdan ustedes del canto del gallo esta tarde?

—Sí, ¿y qué?

—Pues que unos días anuncia una cosa y otros días otra, pero lo que ha pasado hoy ha sido que Retty Priddle ha intentado ahogarse.

—¡Cómo! ¿Es posible? ¡Pero si se despidió de nosotros con las demás!

—Pues así ha sido, señor. Como le iba diciendo, cuando usted y la señorita se marcharon, Retty y Marian se pusieron los sombreros y se fueron al campo. Como ahora no hay mayormente que hacer con el Año Nuevo, y cada cual sólo piensa en sus cosas, nadie notó la ausencia de las muchachas. Éstas se dirigieron a Everard, donde bebieron algo, y de allí a la encrucijada, donde se separaron; Retty se volvió de regreso por los pantanos y Marian siguió hasta el pueblo, donde hay otra taberna. De Retty no se volvió a saber nada más hasta que al retirarse a su casa el barquero hubo de chocarle algo que vio a la orilla de la laguna. Eran el sombrero y el chai de la muchacha que estaban tirados allí hechos un lío. Entre él y otro sacaron a la chica del agua y la llevaron a su casa, dándola por muerta. Pero, gracias a Dios, poco a poco fue la pobre volviendo en sí.


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