Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Ángel, dándose cuenta de repente de que Tess podía oír desde dentro el relato de Jonathan, se apresuró a cerrar la puerta que comunicaba la galería con el aposento contiguo al salón interior en que aquélla se encontraba. Pero Tess, cubriéndose con un chai, había salido a la estancia inmediata y desde allí escuchaba el relato del hombre, con los ojos fijos en el equipaje y en las relucientes gotas de lluvia de que estaba salpicado.
—Pues con Marian hemos tenido otra: se la han encontrado completamente borracha al pie de la cama, una chica que jamás había probado la bebida como no fuera la cerveza floja… Lo único que le gustaba era comer de lo lindo. ¡Cualquiera diría que las chicas se han vuelto locas esta tarde!
—¿Y qué ha sido de Izz? —preguntó Tess.
—Ésa está en casa como siempre, pero yo no sé qué le habrá sucedido que la pobre parece muy triste. Y ya ve usted, señor; como todo esto que le digo ocurrió cuando estábamos recogiendo su equipaje y subiéndolo al carro, pues por eso he llegado tan tarde.
—Está bien, Jonathan. Haga el favor de subir estos bultos, bébase un vaso de cerveza y dése toda la prisa que pueda a volver, no sea que le necesiten allá.