Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Había vuelto Tess al salón, y sentada junto al fuego, distraía sus pensativos ojos mirando la lumbre. Oyó las recias pisadas de Jonathan al subir y bajar la escalera para acomodar el equipaje, y también le oyó darle las gracias a Ángel por la cerveza y la propina. Luego se apagaron las pisadas de Jonathan y empezaron a oírse los chirridos de su carro.
Aseguró Ángel la fuerte tranca de encina que atravesaba la puerta, y volviendo a la estancia donde estaba sentada su mujer, le ciñó por detrás las mejillas con las manos. Esperaba que la joven diese un salto de contenta y se diera prisa a subir para desempaquetar el equipaje por el que antes pareciera tan interesada, pero viendo que no se levantaba, se sentó junto a ella al amor de la lumbre, pues las luces que ardían en la mesita eran harto débiles para competir en fulgor con la llama.
—Siento mucho que hayas oído esa lamentable historia de las muchachas —le dijo—. De todos modos, no te aflijas. Retty fue siempre, como sabes, muy rara.
—Y sin que tuvieran fundamento sus rarezas —observó Tess—, que hay otras que, por el contrario, teniendo fundamento para parecerlo, se esfuerzan por disimular.
Bastó aquel incidente para inclinar la balanza en su pensamiento.