Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Aquéllas eran unas pobres muchachas ingenuas y sencillas, merecedoras de mejor suerte. Ella merecía algo peor, pero era la elegida. No estaba bien que se llevase ella todo gratuitamente, por la bondad del destino, y poseída de ese pensamiento, formó propósito de pagar hasta el último penique, es decir, de contárselo todo a su marido, sin más tardar, en aquel mismo instante. Así lo decidió en tanto miraba al fuego, teniéndole Ángel oprimida una de sus manos.
El deslumbrante resplandor de las ascuas al rojo vivo teñía de un matiz encarnado los paramentos y el fondo del hogar, así como los relucientes morillos y las viejas tenazas de bronce que se mantenían en divergencia perenne. La cara inferior del ábaco reflejaba intensa claridad, y lo mismo las patas de la cercana mesa. En el rostro y la garganta de Tess reverberaba el mismo ardor fulgurante a cuyo favor resultaban aquellas gemas Sirios y Aldebaranes; una constelación de rojos, verdes y blancos destellos que cambiaban entre sí sus tonos a cada cambio de postura de Tess[98].
—¿Te acuerdas de lo que dijimos esta mañana de confesarnos nuestras culpas? —le preguntó él bruscamente, visto que ella permanecía inmóvil—. Parecía que tú bromeabas al decirlo, y quizá fuera así. Pero yo sí te lo dije en serio. Y quiero hacerte mi confesión, Tess.