Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Bueno, así lo espero. Pero aguarda un momento. Tú no tienes idea. Te lo contaré todo desde el principio. Aunque me parece que mi pobre padre me tiene ya por condenado sin remisión a causa de mis ideas, no por eso dejo de ser creyente acérrimo en los buenos principios de moral, tanto como tú misma, Tess. Durante muchos años abrigué el deseo de adoctrinar a los hombres, costándome amargo desencanto el saber que no podía entrar en el sacerdocio. Admiraba yo la pureza inmaculada, aunque no tuviera derecho a creerme que la poseía, y execraba la impureza, lo mismo que ahora. Sean las que fueren las opiniones de cada cual acerca de la inspiración divina[99], no hay más remedio que suscribir de todo corazón aquellas palabras de san Pablo: «Sé un ejemplo —en palabras, en caridad, ánimo, fe y pureza—. Ésa es la única salvaguardia que tenemos los pobres mortales[100]». Integer vitae dice un poeta latino que no hace buenas migas con san Pablo:

El hombre recto y sin flaquezas no necesita lanza ni moruna aljaba[101].

»Pero el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, y sintiendo yo todo esto con tanta intensidad comprenderás, Tess, cuál sería mi remordimiento cuando, preconizando yo normas tan puras para los demás, vine a caer en el pecado.


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