Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Y le contó a Tess aquel pasaje de su vida a que ya antes aludimos, cuando, excitado por las dudas y dificultades que le acuciaron en Londres, se enredó en un amorío de cuarenta y ocho horas con una cualquiera.
—Gracias que no tardé en tener conciencia de mi extravío —continuó—. Y sin decirle a ella nada regresé a mi casa, no volviendo nunca más a las andadas. Pero quería proceder contigo con toda honradez y franqueza, y para eso no tenía más remedio que contártelo todo. ¿Me perdonas ahora?
Ella le oprimió fuertemente la mano por vía de respuesta.
—¡Entonces olvidémoslo todo para siempre! Dejemos este desagradable tema y pensemos en cosas más alegres.
—Ángel, casi me siento contenta, porque ahora veo que tú puedes perdonarme a mí. Yo no te he hecho todavía mi confesión. Y tengo también que hacértela. Ya recordarás que te lo dije.
—Es verdad, pues anda y habla, mala persona.
—Te advierto que, aunque sonrías, lo mío es tan serio como lo tuyo, si no más.
—¡Más serio que lo mío no puede ser!
—¿Que no? ¡Es verdad, tienes razón! —Y Tess se incorporó llena de júbilo y esperanza—. No puede ser más serio, porque es lo mismo. Ya verás.
Y se sentó de nuevo.