Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Argumentaba erróneamente al decirse a sí mismo que el corazón de la muchacha no se manifestaba en la honesta lozanía de su rostro, pero Tess no tenía un abogado que le corrigiera. «¿Es posible», pensaba Ángel, «que esos ojos, al mirar no discreparon nunca de lo que publicara su lengua, hubieran estado viendo siempre, tras el mundo real y ostensible en que vivía, otro mundo discordante y contradictorio?».
Se reclinó en el sofá del salón y apagó la luz. Llegó la noche, y plantó allí sus reales indiferente y descuidada; la noche que se había tragado ya su felicidad y ahora la estaba digiriendo lentamente; la noche que se disponía igualmente a tragar la felicidad de otros miles de seres con la misma despreocupación e indiferencia.